La Antorcha

La Antorcha

Juventud Internacionalista

La república contra los trabajadores

Cada año, el 14 de abril es conmemorado con fervor por la izquierda como un triunfo de la clase trabajadora sobre el régimen impuesto, pero la realidad es bien distinta. Celebrar la Segunda República no es solo celebrar el hundimiento de la monarquía, es también ensalzar el régimen político y económico que la sucedió. Régimen que dedicó hasta sus últimas fuerzas en aplastar el creciente movimiento obrero que protagonizó uno de los periodos revolucionarios más convulsos de la historia.
Un día como hoy, más que nunca, nos vemos en la obligación de señalar la naturaleza de la Segunda República y el papel contrarrevolucionario que esta jugó, a fin de prevenir a jóvenes y estudiantes de la propaganda republicana de la izquierda burguesa.

La clase trabajadora antes de la Segunda República española

A finales del siglo XV, el alto grado de desarrollo económico y cultural de España la situaron en una posición idónea para lanzarse a la vorágine de la acumulación capitalista, pero los cargamentos de metales preciosos procedentes de América colmaron la península antes de que el sistema manufacturero estuviese suficientemente asentado como para asimilarlos productivamente, causando una violentísima conmoción que sumió al país en una profunda decadencia, la cual se prolongaría los siglos posteriores convirtiendo a España en un país atrasado y privando a su burguesía de la fortaleza necesaria para completar una revolución democrática, permitiendo así la supervivencia del feudalismo.

A pesar de todo, el país prosperó, aunque por filtración y evolución del capitalismo en el seno de la vieja sociedad. La nobleza y la Iglesia invirtieron sus fondos en empresas capitalistas, desdibujándose la línea divisoria entre el capitalismo y los viejos elementos feudales.
La burguesía española, viendo sus intereses profundamente trabados con los de la vieja sociedad, sobrecogida por la idea de la revolución socialista, y hostigada por un mercado mundial ya copado por las burguesías más fuertes, se refugió tras el antiguo régimen y permitió con su complicidad la dirección política por parte del ejército tantas veces como el movimiento obrero amenazó su idilio con las clases feudales.

Por todos es sabido que la monarquía se habría desmoronado de haberse discutido el informe Picasso en el parlamento, el cual implicaba no solo a la monarquía, sino también a muchos otros altos cargos del régimen, en el desastre de Annual: una derrota militar española en la Guerra del Rif que se saldó con más de diez mil bajas españolas debido a la prevaricación y la incompetencia criminal de los altos cargos.

El desastre se produjo, además, en un momento de rápido ascenso del movimiento obrero, por lo que hubo de fraguarse un golpe que sepultase el informe y pusiese freno al creciente movimiento revolucionario.

Primo de Rivera fue la apuesta de las clases dirigentes para estos cometidos. Al día siguiente de su «pronunciamiento» declaraba: «De África no diré una palabra; ni permitiremos que de ello se escriba ni se hable».

Pero la monarquía estaba condenada. La dictadura solo podía posponer lo inevitable. Durante los siete años que duró, el movimiento obrero se mantuvo en pie de lucha contra el régimen, y, cuando los efectos de la crisis se agudizaron, la burguesía se sumó a este clamor. Pero allí donde unos luchaban contra el régimen por la satisfacción de las necesidades humanas universales, los otros luchaban contra el régimen por el capitalismo. Para cuando se hizo evidente que para salvar el sistema capitalista habría que sacrificar la corona, los mismos representantes de la burguesía que días atrás le hacían el juego a la monarquía, se convertían ahora en abanderados de la República.

Una vez más, el proletariado y el campesinado remitieron su energía revolucionaria a líderes y partidos que prometieron llevar a cabo sus exigencias inmediatas (instauración de una república, mejoras en las condiciones de vida…) solo para así poder oponerse más efectivamente a lo que una revolución de las clases oprimidas habría traído consigo: la imposición de las necesidades humanas a las necesidades del capital; es decir, la demolición del capitalismo.

La clase trabajadora bajo la Segunda República española

Una vez instaurada la República, no tardó en hacerse notar que, ya fuera con forma de monarquía o de república, el régimen de la clase burguesa seguía intacto al igual que sus intereses como clase explotadora, por mucho que vistiese con ropajes tricolores y gorro frigio. Los propios políticos del nuevo régimen, desde Alcalá Zamora hasta Azaña, eran el claro ejemplo de la decadente burguesía meapilas y sus compañeros de viaje pequeños burgueses, listos para todo tipo de desvergüenza. A estos se les unían los jefes del PSOE, los Largo Caballero e Indalecio Prieto que ya venían de acercarse a la dictadura de Primo de Rivera, preparados para ser los mejores aliados del régimen burgués republicano. La coalición republicano-socialista realizó unas políticas tímidas que para nada atajaban los verdaderos problemas de los trabajadores. La nueva República, apocada en su hacer, ni siquiera puso su mira en los sectores reaccionarios, muchos de los cuales pudieron adaptarse al nuevo régimen.

La realidad sobre la Segunda República es que su verdadero adversario fueron siempre los trabajadores, en cuya lucha, que iba en claro incremento, soplaban nuevos aires revolucionarios. El gobierno acusaba a los trabajadores huelguistas de agentes de la monarquía, de insurrectos contra la democracia. Y en esto último tenían razón. Muchos trabajadores se dieron cuentan de que no había esperanza alguna en la democracia burguesa que en su lucha contra los obreros había declarado la Ley de Defensa de la República, estado de excepción contra las huelgas y movilizaciones de los trabajadores en todo el país.

En el campo, la República fue incapaz de realizar una reforma agraria seria, tarea pendiente de la inconclusa revolución democrático-burguesa, demostrando cómo la burguesía republicana no tenía la voluntad de realizar ninguna política audaz ni mucho menos de satisfacer las necesidades de los trabajadores. Frente a la respuesta de campesinos y jornaleros ante la incapacidad de la República, la respuesta de esta fue despiadada.

El más violento ejemplo de represión se pudo ver en los años 1932 y 1933, cuando apenas pasados dos años desde el nacimiento del nuevo régimen, este se dio un baño en la sangre de los trabajadores reprimidos y ejecutados por las autoridades republicanas. Si bien la política aventurista de la CNT había lanzado a muchos trabajadores a insurrecciones sin posibilidad alguna de éxito, la respuesta de las autoridades demuestra quiénes eran los verdaderos enemigos de Estado. Azaña, presidente tan recordado por los esperpentos parlamentarios del presente, fue un político decidido en la respuesta violenta contra los trabajadores con sus “disparen a la barriga” y sus ánimos a las fuerzas criminales de represión.

Con el triunfo de la derecha en el llamado bienio negro, las tímidas políticas se echaron atrás mientras el nuevo Gobierno se dirigía hacia una represión directa del movimiento obrero, al igual que había ocurrido en Alemania o en Austria. La defensa de los trabajadores fue el Octubre de 1934, que si bien pudo haber reforzado a la clase trabajadora en su senda revolucionaria, fue decididamente boicoteado por el PSOE y la pequeña burguesía republicana, que quería nuevamente subordinar el movimiento, evitando siempre que este se les fuera de las manos. En Asturias los trabajadores no se dejaron vencer sin dar lucha y dieron ejemplo de que a la clase trabajadora sería difícil derrotarla. Pero la represión fue brutal, dándose rienda suelta a los militares antaño monárquicos y ahora renovados defensores de la República, sanguinarios criminales bajo ropajes variados. Octubre de 1934 impidió que el movimiento obrero fuera vilmente arrasado por el Gobierno, aunque también dio prueba de que los reaccionarios necesitaban aplicar un verdadero exterminio para poder evitar la revolución proletaria. También en Octubre se evidenció nuevamente que la izquierda estaría del lado de la república burguesa, poniendo la zancadilla al movimiento obrero en todos sus aspectos.

Con el Frente Popular, tanto el socialismo como el stalinismo, optaron por subordinarse abiertamente al republicanismo burgués, el cual hasta las jornadas mismas en el que el ejército republicano se lanzó a la intentona golpista, demostró temer más a los trabajadores en la calle que a los militares que días antes juramentaban lealtad. Tanto militares como pequeña burguesía republicana, si a algo eran verdaderamente leales, fue a sus intereses como clase explotadora.

Conclusión

Con el estallido de la revolución, los trabajadores en armas dejaron en la nada a la República y sus instituciones sin llegar a derrotarla definitivamente. Esta fue auxiliada por la socialdemocracia y el stalinismo, conocedores del papel contrarrevolucionario que debían desempeñar. La clase trabajadora, sus milicias y comités eran una amenaza y el orden y la legalidad republicana debían ser reinstauradas. Es por ello que la primera puñalada que llevó al proletariado en España a su derrota provino de la Segunda República, antes incluso de la llegada del régimen franquista con su exterminio desarticulador del movimiento obrero.

En resumen, la Segunda República fue una careta de progreso y libertad con que se vistió la burguesía española, una cortina de humo cuyo único fin fue mantener el estatus quo, el régimen de propiedad y explotación, haciendo pasar sus mentiras por verdades salvadoras, al mismo tiempo que combatían con mano dura cualquier movimiento peligroso de la clase obrera en lucha por satisfacer necesidades humanas en lugar de beneficios para el capital.
¿Qué nos puede hacer pensar que una Tercera República sería menos falaz y sangrienta?

¡Proletarios de todos los países, uníos, suprimid ejércitos, policías, producción de guerra, fronteras, trabajo asalariado!